La noche en que Rothfuss fue al Eolio con Shakespeare

Hay tantos tipos de lectores como personas habitan el planeta Tierra. Eso es indiscutible. Si yo me tuviese que definir como lectora, sabría decir con una mayor exactitud qué géneros me causan un cierto rechazo antes de decir cuáles son los que me apasionan. Y sí, eso es lo que solía hacer hasta que me di cuenta de que  algo en mí fallaba… Se trataba de la falta de oportunidad que le había dado al género que más rechazo me causaba de todos: la fantasía.

Dicho género suele resultarme tedioso, aburrido y demasiado canónico: nos hemos quedado con los ángeles, los demonios, las hadas y los ogros, los gigantes y los enanos; al final es sota, caballo y rey, y no salimos de ahí.

No obstante, y tras las constantes insistencias, decidí leer El nombre del viento, de Patrick Rothfuss (Plaza & Janés, 2007), traducido por Gemma Rovira. No me enorgullece decir que tuve semejante novela en mi estantería durante siete años esperando a ser leída, pero también creo fervientemente que este 2020/2021 ha sido el mejor año para leerla No solo porque he podido disfrutar de la calidad literaria que nos ofrece Rothfuss en el primer tomo de Crónica de un asesino de reyes, sino también porque este escritor esconde sabiduría, años de lecturas y documentación en cada una de las páginas que ha escrito. Poco me he impresionado al conocer que es profesor adjunto de Literatura y Filología Inglesa en Wisconsin. 

La historia de Kvothe está hecha para que casi cualquier persona que se atreva a sumergirse en el mar de tinta creado por el escritor lo disfrute, pues la calidad narrativa es, a mi juicio y a juicio de muchos, sublime; no obstante, para terminar amando este libro, tienes que ir un paso más allá: tienes que dejar de mirar y comenzar a ver; tienes que comprender el nombre de las cosas, porque cuando las comprendes, entonces te pertenecen.

En suma, la saga está llena de cultura: musical, histórica, literaria, lingüística, etc.; y entenderla solo hará que la experiencia como lector trascienda hasta alcanzar el nirvana.

Os confieso que a mí me costó comenzar con el libro: fueron los siete años en la estantería más las dos o tres semanas que tardé en leerme las primeras doscientas páginas. Mi mejor amiga me decía que una vez superadas las primera ciento cincuenta páginas, la historia no haría más que mejorar. Tenía razón. Después no hubo persona que me parase, empecé a fijarme en ciertas cosas que me fascinaban, en la numerología que podíamos encontrar en los libros, en las descripciones que había sobre la música, cómo el propio Rothfuss ponía en boca de su personaje principal que la poesía sin música no era absolutamente nada… Pero hay algo que me llamó especialmente la atención, algo que me hizo afirmar lo siguiente: «Rothfuss sabe lo que hace y sabe, también, que sus lectores estarán, de alguna manera u otra, limitados, y le dará igual todo, porque sabe que lo que hace tiene calidad». A ese algo yo lo he titulado La noche en que Rothfuss fue al Eolio con Shakespeare.

Capítulo 43: Una luz parpadeante. En él vemos el odio que se profesan dos de los personajes del libro, Kvothe, nuestro querido protagonista; y Ambrose, uno de los principales antagonistas de esta historia. Imaginaos cuál fue mi sorpresa al leer el siguiente diálogo:

—¿Que yo desentono? Por favor, pero si este verso tiene trece sílabas. —Di unos golpecitos con el dedo en la hoja—. Y no es verso yámbico. La verdad es que no sé si tiene alguna métrica.

Ambrose giró la cabeza y me miró con irritación.

—Cuidado con lo dices, E’lir. El día que te pida ayuda para componer un poema será en día en que…

–… será el día en que tengas dos horas libres -le interrumpí-. Dos horas largas, y eso será solo para empezar. «¿Así encuentra también bien el humilde tordo un suyo rumbo?». Mira, no sé por dónde empezar a corregir eso. No se aguanta por ninguna parte.

–¿Qué sabrás tú de poesía? dijo Ambrose sin molestarse en girar la cabeza.

–Sé distinguir un verso que cojea cuando lo oigo -contesté-. Pero este ni siquiera cojea. La cojera tiene ritmo. Esto es como alguien cayendo por una escalera. Una escalera de peldaños irregulares. Con un estercolero al final.

Es un ritmo saltarín -me dijo con una voz tensa, ofendido-. Es lógico que no lo entiendas.

–¿Saltarín? Solté una risotada de incredulidad-. Mira, si viera «saltar» así a un caballo, lo sacrificaría por piedad, y luego quemaría su cuerpo para evitar que los perros lo mordisquearan y murieran.

Este pasaje le resultará muy cómico a cualquier persona, pues no es necesario saber qué es un yambo para reírte del ingenio de nuestro amigo Kvothe. Sin embargo, a aquellas personas que entiendan de literatura inglesa, de Shakespeare y de teatro isabelino, les resultará hilarante.

No me malinterpretéis, el yambo no es algo que crease el dramaturgo de la nada. Surge en Grecia y se trata de «1. m. Métr. Pie de poesía griega y latina, compuesto de dos sílabas, la primera, breve, y la otra, larga» (Diccionario de la Lengua Española).  Si vamos a la acepción de verso yámbico del mismo diccionario, encontraremos la siguiente definición: «1. m. Métr. En la poesía griega y latina,  verso en que entran yambos, o que se compone exclusivamente de ellos».

Según Estébanez Calderón (2004) los versos yámbicos más usuales son los siguientes:

  • El dímetro
  • El tímetro
  • El trímetro escazonte
  • El tetrámetro

Permitidme que me centre tan solo en el dímetro y en el tímetro, al menos de momento. Pues los dos, en la poesía latina, se combinaban para formar el llamado «dístico epódico», que Horacio utilizará, por ejemplo, en sus diez primeros Épodos. No obstante, la cúspide de estos versos se alcanzan en la lírica cristiana, con los versos escritos por San Hilario o San Ambrosio.

¡Qué casualidad que el antagonista sea tocayo de alguien que llevó a la cúspide el yambo, ¿no creéis?!

Qué forma de satirizar la rivalidad entre la música, poesía y el teatro, cuando el autor sabe perfectamente que combinan en perfecta armonía, pues en la palabra hay musicalidad y en la música, al igual que en la palabra, hay comunicación; y en el teatro… hay una historia que contar.

No debemos olvidar que Kvothe es un orgulloso Edena Ruh. Para aquellos que no estén familiarizados con el término, se trata de un pueblo nómada que se organizan en troupes de artistas itinerantes. Se dice que los Edena Ruh conocen todas las historias.

En el libro también se habla mucho de teatro, pues es a lo que principalmente se dedicaba la familia de nuestro protagonista, los cuales actuaban en las plazas de los pueblos, pero nunca para los nobles.

Es en este preciso instante cuando se abre el telón y aparece Shakespeare en escena. Él hizo brillar otra clase de verso yámbico diferente a los que hemos mencionado anteriormente: el pentámetro yámbico.

Por ejemplo, Hamlet está en su mayoría escrito en pentámetro yámbico y el 75 % de la obra está escrita en verso. A modo de ejemplo serviría la primera línea del, con toda probabilidad, soliloquio más famoso de la historia de la humanidad: «Ser o no ser, esa es la cuestión» (Hamlet, 3:1).

No obstante, esto no lo escribió Shakespeare, sino su traductor. Debemos irnos al original, a la frase en inglés, para entenderlo.

También encontraremos en Romeo y Julieta ese característico pentámetro yámbico. Por ejemplo, en los sonetos, como lo es el prólogo de la tragedia. Sin embargo, el ingenio del dramaturgo iba mucho más allá y escondía los sonetos en diálogos entre personajes, donde también encontramos este tipo de verso.

Pero ¿por qué lo menciona Rothfuss? ¿Qué nos está diciendo él con el simple pasaje al que le estoy dando incontables vueltas? Para saberlo no hemos de mirar, sino ver; no hemos de oír, sino escuchar el ritmo que tanto Shakespeare como muchos otros han empleado en sus obras, pues es mismo ritmo que un músico podría emplear al componer una canción. Quizá si en vez de representarlo con guiones y barras, o con minúsculas y mayúsculas, representamos los acentos de las palabras con un sonido diferente, como puede ser tu-TUN (y así, cinco veces: tu-TUN, tu-TUN, tu-TUN, tu-TUN ,tu-TUN), obtenemos el ritmo que nos interesa, el primer ritmo que el ser humano escucha y el que nos acompaña hasta el final de nuestros días: el latido del corazón.

El ritmo del pentámetro yámbico hace que la lengua en sí tenga una estructura. Cuando estamos emocionados, enfadados, tristes o enamorados, nuestro ritmo cardíaco varía. Lo mismo sucede cuando se cambia el ritmo en las obras, lo que nos da la capacidad de saber qué es lo que sienten los personajes o qué está por venir.

Rothfuss se ríe. Se ríe de nosotros mientras se toma una cerveza en El Eolio con Shakespeare —aunque esto  último forme parte de mi capacidad de imaginación—. Se ríe porque, mientras en el libro rehuye de los poetas y venera a los músicos, él es conocedor de la verdad. En la palabra, en el habla, hay melodía. Los lingüistas la llaman prosodia.

El habla, como la música, tiene cadencias, fraseos y ligaduras. Las claves para detectarlas son también melódicas y rítmicas. La prosodia nos indica cuándo empieza o cuándo acaba una frase, nos permite entender si alguien nos está preguntando algo, si está siendo irónico, si ha terminado de hablar, o si todavía le quedan cosas por decir. (Almudena M. Castro, 2019)

Encontramos un ritmo que se repite numerosas veces en los versos más recitados de la historia de la literatura anglosajona. Y ahí está la querida música… En un acto cualquiera, en una preciosa escena recitada en verso, de una obra de teatro.

Rothfuss brinda en El Eolio por San Ambrosio, por Shakespeare y por el latido del corazón de Kvothe, porque sabe que mientras haya lectores, en sus páginas se seguirá escuchando música. Bebe y se retira el giste de su frondosa barba mientras su cuerpo produce una risa estridente. Se ríe, sí. Se ríe por crear una confrontación que no debería existir, se ríe de su locura, de nosotros. Y sigue componiendo su obra, con sus silencios… He aquí el mío.


Enlaces de interés:

https://konpartitu.com/las-melodias-del-habla/

https://www.rsc.org.uk/shakespeare-learning-zone/romeo-and-juliet/language/key-terms#

https://www.quora.com/Why-is-it-said-that-the-line-To-be-or-not-to-be-that-is-the-question-is-written-in-iambic-pentameter-when-the-word-is-isnt-stressed

https://scalar.usc.edu/works/romeo-and-juliet-act-2-scene-2-through-the-years/iambic-pentameter-in-act-ii-scene-2

http://interclassica.um.es/var/plain/storage/original/application/a35b63ec744e3d60188720ca08520e28.pdf

https://www.cuartopoder.es/cultura/2020/07/19/epica-y-la-fantasia-libreteria-patrick-rothfuss-robert-jordan-andrzej-sapkowski-monica-martin-manso/

https://www.geniolandia.com/13086153/como-construir-un-pentametro-yambico



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