Primo Levi y la voz propia

Una vez te sumerges en el mundo de la literatura, te das cuenta de que lo que una vez pensaste que era un mar de palabras es, en realidad, un océano de tiempo, de ideas y de oraciones concatenadas en el que te terminas encontrando. También resulta que hay ciertos libros que forman pequeñas barcas para que los náufragos de la literatura puedan estar seguros. Como lectores, no queremos ahogarnos con las palabras, pues su propósito es la de mantenernos con vida. Ellas son nuestro oxígeno.

            Sin embargo, es importante perderle ese miedo al agua y aventurarnos a combinar el oxígeno del verbo con dos átomos de hidrógeno. Nadar por la palabras nos hace libres, aunque al principio temamos que sea una tarea ardua.

            A los escritores les sucede poco más o menos lo mismo: les da pavor arriesgarse en un océano desconocido, lo cual es completamente lícito y natural. La zona de confort –o esa barca de la que hablábamos anteriormente– es maravillosa y, una vez la encuentras, es difícil salirte de ella.

            No obstante, cuando vemos que un escritor ha encontrado su barca y le funciona bien, muchos otros tienden a nadar hacia ese mismo punto para subirse en ella, lo que hace que, con el exceso de peso, la barca se termine hundiendo con todos dentro. Algunos lo llaman también sobreexplotación de recursos literarios.

            Dejémonos a un lado las metáforas y dialoguemos alto y claro. La zona de confort existe, pero debemos distinguir dos tipos: la primera y, para mí la más importante, la que yo denomino «voz propia». Efectivamente, una vez encuentras lo que te gusta escribir y cómo te gusta hacerlo, innovar o arriesgarse resulta una tarea difícil. Un escritor sabe si prefiere seguir el método mapa o brújula, sabe qué voz le quiere dar a sus personajes y el tipo de historia que quiere contar. Al final, todos y cada uno de los escritores habidos y por haber tienen unas fórmulas fijas llamadas «estilo» en las que se sienten seguros y en las que saben que destacan y, muchas veces, lo hacen con éxito; la segunda zona de confort se podría llamar «escribo lo que vende». En este caso, el escritor presenta una falta completa de estilo, escribe con unas fórmulas fijas con las que se nota que no está a gusto y utiliza los mismos recursos que otros autores sin aportar algo diferente. Si bien es cierto que llega un punto en el que innovar literariamente es muy complejo, el hecho de encontrar tu propia voz ya es el resultado de la creación y la exploración, de horas y horas frente al teclado y de una hoja virtual en blanco que espera ser escrita con delicadeza y pasión.

            No me suele agradar la segunda zona de confort, ya que el resultado es leer lo mismo una y otra vez, aunque con los nombres de los personajes cambiados y escritos por autores diferentes. Me resulta tedioso y aburrido. A pesar de esto, celebro que un escritor pueda fluir entre las dos zonas para encontrar un equilibrio entre su voz y lo que se vende. Eso es ser inteligente.

            Detengámonos un instante en la novela histórica, que, personalmente, me fascina. Pueden existir tantos escritos de este género como datos históricos hay en el mundo. Se puede jugar con lo puramente histórico, con la ficción, con un punto de vista, con el opuesto… Hay infinidad de posibilidades que un autor puede experimentar, pero, si aplicamos lo anteriormente denominado «escribo lo que vende», nuestras posibilidades se ven tristemente reducidas a las dos o tres cosillas que más éxito editorial tienen.

            El claro ejemplo está en las novelas que versan sobre la Segunda Guerra Mundial, el nacionalsocialismo (nazismo) y las historias sobre judíos: el perfecto cóctel mótolov con el que se consigue mucho dramatismo en un principio y, al final, dejarte frío.

            No me malinterpretéis, las diferentes voces de aquellas personas que vivieron tal pesadilla merecen ser escuchadas, pero llega un punto en el que la ficción en esta clase de novelas engulle a la realidad y, en vez de acercarte, te aleja de la veracidad. Cientos de libros, una misma historia.

            Remitámonos a los números: si consultamos la Base de datos de libros editados en España y realizamos una búsqueda por texto, se puede comprobar perfectamente a lo que me refiero. Si vosotros, lectores, buscáis «Auschwitz», «holocausto» o «nazi», os saldrán el número de títulos (aproximados) que se han publicado el país. «Auschwitz» cuenta con un total de 187 libros en la base de datos —entre pianistas y tatuadores—. «Holocausto» cuenta con la friolera cantidad de 425 libros en cuyo título aparece esta palabra. «Nazismo» aparece en 371 títulos y «Hitler» en 676.

            También hay muchos títulos en los que se trata el tema de una forma igual de melodramática y que no contienen ninguna de las palabras mencionadas anteriormente, como pueden ser El niño con el pijama de rayas, La llave de Sarah, La ladrona de libros y un largo etcétera.

            Y lo siento, pero me hastía esta fórmula tan exitosa en la que un escritor crea una historia con la que revive el dolor y el malestar de una persona y lo convierte en el súmmum del cliché dramático. Ha llegado un punto en el que la ficción supera a la realidad, que da absolutamente igual, y nos alejamos del recuerdo, del dato, de la información y de la pseudo memoria histórica para aprovecharnos del morbo.

            Aunque haya muchos autores que aprovechan la situación y el marketing que hay detrás de estas palabras clave, hay otros que encuentran su propia voz y crean unas novelas diferentes y, a mi juicio, digna de ser leídas. Sí, puede que traten del tema, pero lo hacen con un estilo y, a veces, una sencillez que los diferencian de todos los demás. Al menos eso pensé al leer El sistema periódico, de Primo Levi.

            Para entrar un poco en contexto, hemos de conocer la historia del autor. Primo Levi (Turín, 1919 – ib, 1987) fue un escritor de origen judío sefardí, autor de memorias, relatos, poemas y novelas.

            Se le conoce principalmente por el relato que escribió sobre los diez meses que estuvo prisionero en el campo de concentración de Monowitz, pero, por fortuna, fue uno de los veinte prisioneros que sobrevivió al exterminio, pues se declaró judío y no partisano (antifascista perteneciente a la Resistencia partisana, un movimiento armado que estaba en contra de las ocupaciones nazis instaladas en Italia durante la Segunda Guerra Mundial), ya que, de haberlo hecho, su sino hubiese sido la ejecución.

            Todas sus vivencias se verán reflejadas en una pluma que fluye entre lo oscuro, lo desgarrador y lo esperanzador sin necesidad de recrearse en el melodrama.

            Su obra Si esto es un hombre se considera una de las más importantes del siglo XX. No obstante, hoy quiero destacar del anteriormente mencionado El sistema periódico, traducido por Carmen Martín Gaite.

            ¿Qué es este libro? O, mejor dicho ¿qué no es este libro? Se trata de una colección de episodios de su vida, mezclado con relatos de ficción relacionados con una parte muy importante de su vida: la química. En sus veintiún elementos dedicará un espacio a un elemento químico que convierte en metáfora del hombre y de las relaciones humanas.

En el aire que respiramos existen los llamados gases inertes. Llevan extraños nombres griegos, de raíz culta, que significan «el Nuevo», «el Oculto», «el Inactivo», «el Extranjero». Tan inertes son, efectivamente, y tan pagados están de sí mismos que no interfieren en reacción química alguna ni se combinan con ningún otro elemento, y precisamente por eso han pasado inadvertidos durante siglos. Hay que llegar a 1962 para que, tras largos e ingeniosos esfuerzos, un químico de buena voluntad lograse obligar al Extranjero (el xenón) a combinarse fugazmente con el avidísimo y no menos vivaz flúor, yla hazaña se consideró tan extraordinaria que le valió el Premio Nobel. También se llaman gases nobles, aunque aquí se podría discutir si todos los nobles realmente son inertes y si todos los inertes son nobles; se les llama también, por último, gases raros, a despecho de que uno de ellos, el Inactivo, esté presente en el aire en la respetable proporción de un 1 por 100, lo cual quiere decir que es veinte o treinta veces más abundante que el anhídrido carbónico, sin el cual no existirían rastros de vida sobre nuestro planeta.

(El sistema periódico, Primo Levi, p.11)

Con solo el uso del lenguaje y la cruda realidad Levi es capaz de sumergirte en las profundidades de una época oscura para Europa. No crea en su imaginario una vida llena de penurias que harán que eches una lágrima cada vez que acabas el capitulo, sino que expondrá, sin pretensiones alguna, sus vivencias, desde la experiencia, desde el horror de la verdad, empleando ese lenguaje tan poético en un libro difícil de etiquetar; y lo hace bien, porque su voz es única, llena de sabiduría arraigada por la experiencia, una voz que no pretende vender, sino demostrar. Y como resultado se obtiene uno de los mejores libros que versan sobre la Segunda Guerra Mundial, el fascismo, la barbarie europea y de historia, aunque también sobre química. Un libro que, sin duda alguna, recomiendo encarecidamente a todo lector que busque, dentro de lo ya tremendamente explotado, algo único.



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